martes 25 de enero de 2011

La primera vez.



Para Arbey y Stephania.


Para dedicarse a las letras hay que ser un poco necio, o muy obstinado. No quiero decir que un escritor es un necio intransigente o una mula que no escucha, pero hay que tener cierta sordera cuando se comienza en esto, ya sea porque los amigos se burlan de los poemas escondidos en la parte trasera de la libreta de química, o los padres que te dicen que dejes de perder el tiempo con las obras completas de (poner aquí el primer libro que leyeron, o el que más les gustó en la juventud) y te pongas a hacer algo de provecho.
El otro día me pillé diciendo algo que cobró mucho sentido después de un rato, y aunque tal vez suene un poco radical, por lo menos a muchos de los que conozco les ha pasado alguna vez en su vida: los lectores sufrimos discriminación.
En mi caso, por ejemplo, en la primaria leer me provocó tener el lugar de la matada del salón, claro, ya en la secundaria había una que otra niña que llegaba de cuando en cuando a que le escribiera cartas de amor para su novio, cartas que eran bien pagadas con una torta y un boing de fresa, o para san Valentín, tenía una lista de espera que me daba unos cuantos pesos con los que irme al cine con mis amigos (un trío de chavos de quinto semestre y una amiga de mi edad tan locos e incomprendidos como yo) y comprarme una cajetilla de Camel que mantendría como una reliquia de los logros obtenidos gracias a la poesía.
Sin embargo, no puedo decir que escribir me hiciera popular, al contrario, el trabajo literario era algo que mantenía como mi vicio secreto mientras me chutaba las columnas de chismes de las revistas de moda para hacer como que veía la Academia o Big Brother en las pláticas de entre clases y así poder asegurar mi invitación a las parrandas de fin de semana o las voladas de clase para irnos a la casa de un fulano a escuchar música y ponernos medio jarras con un par de medias.
Ironías, por supuesto, pero la más grande y que se sigue repitiendo, resulta que viene de los mismos tipos que dicen amar las letras más que a nada en el mundo.
Otra prueba de que para ser escritor hay que ser un poco necio es que cuando por fin te decides a afrontar al mundo y declarar abiertamente que entre clases y tareas repasas versos de Neruda, o que eso que escribes en la servilleta no es una broma para el ñoño del salón sino un poema para la maestra de álgebra, te das cuenta de que el camino será hacia arriba y pronunciado, ya que si bien sabes que serás el bufón del curso y la causa del llanto de tu madre que teme no acabes siendo todo un contador, el peor de los prejuicios llega cuando te armas de valor y pisas por primera vez un taller literario.
A lo mejor alguien no sabe que es un taller literario, pero es un lugar conde se reúnen, generalmente entre 4 y 8 tipos a leer y revisar textos de su propia autoría, casi siempre habrá entre ellos alguno que tenga una pinta de poeta maldito que no puede con ella (greñudo, zapatos gastados, con inclinaciones hacia lo subversivo) pero eso es normal en estas cosas.
Pero bueno, regresando al punto. De por sí requiere mucho valor para un aficionado mostrar sus textos a amigos o conocidos, pero a completos extraños resulta una batalla ganada, aunque no hay libro de autoayuda que te prepare para lo que a continuación viene.
Llegas a la cita con tus poemas bajo el brazo, en el mejor de los casos llevas copias, pero generalmente la primera visita llevas un par de hojas engrapadas, engargoladas o de plano, tu libreta. Sí eres de la gente puntual podrás llegar antes de que el matadero empiece y tal vez hagas migas con alguien en lo que se hace quórum, pero si tienes la terrible pata de llegar tarde y te encuentras con los asistentes dando sus críticas a los textos de otro, una punzada puede correrte por la espalda al ver como hablan de los textos de otros y lo que le puede deparar el destino a los tuyos. Luego, si llevaste copias te tocará lanzarte a la batalla sin fusil, es en este momento cuando uno piensa: “creo que debí dedicarme a dibujar comics o meterme a corte y confección”.
Sí tienes suerte te dirán algunos comentarios sobre las imágenes y los lugares comunes, alguien te elogiará algún verso y otros simplemente dirán que tienes que leer a tal o cual autor, pero si la fortuna no te sonríe, prepárate, porque el peor de los puntapiés es cuando te dicen un simple “está bonito” o de plano, todos hace mutis como si no estuvieras presente y nunca hubieran leído algo tuyo; esa clase de cosas desmoralizan a cualquiera.
Lo extraño que es todos de alguna forma pasamos por eso, todo llegamos una vez a un taller o a un curso sin nada bajo el brazo, simplemente con las ganas de escribir y de mostrarle a otros lo que llevas dentro, pero parece que al cabo de unas cuantas sesiones, de un par de lecturas, olvidamos que alguna vez escribimos sobe las rosas rojas o el corazón marchito, que plagiamos sin querer a Benedetti o a Sabines (mal, por supuesto), y que alguien nos hizo sentir miserables y con ganas de no volver a escribir ni una receta de cocina.
Si bien es cierto que no todos los que empiezan a escribir siguen en ello con el paso de los años, todos tenemos el derecho a intentarlo, como escuché una vez en una película para niños que trataba de un ratoncito chef: “cualquiera puede cocinar”, aunque en este ajo la frase sería algo así como “cualquiera puede escribir”.




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