domingo 29 de noviembre de 2009

Cuantas veces tiene que morir una persona para llegar a nacer completamente
Cuantas veces y a donde hay que ir para morirse sin que el odio y las vísceras salpiquen al resto de los peatones.
Será acaso que la mejor forma de morir es viviendo.
Viviendo en casa, a la sombra de tus padres, tus sueños, tus platos de cerámica importada de china, tus recuerdos, que son pocos, porque no hay más recuerdo que el de las cuatro paredes en las que respiras, tus miserias, tus ansias, tus frustraciones.
Sí, creo que es la mejor forma de morir, por lo menos, la más infalible.
Debiera ser obligación del hombre buscar en cada día su tiempo, el momento de pensar en uno, de gozar con una taza de café, de ver una película vieja, de llorar con un poema tristísimo de puro amor, de cantar a voz en cuello, de celebrar, reír o llorar la vida, vaciar cada día en un instante propio, eterno, vivir la vida y no sufrirla.
Sé bien que somos muchos los que andamos a pie por la vida, los que corremos para alcanzar el micro, los que esperamos a que el jefe nos reciba, los que no paramos en la casa con deberes, hijos, padres, muebles.
Pero a veces hay que tomar alto, un segundo, y observar al vecino mientras poda el pasto, o a la señora alimentando al hijo en el parque.
¿Cuántas veces llueve al año? ¿Cuántos niños corren por la calle? ¿Cuánta gente canta mientras viaja en autobús? ¿Cuánta vida tiene un árbol mientras cobija la vida de otros?
Un segundo toma darnos cuenta, un segundo para aligerar la carga de nuestras pisadas, un segundo para disfrutar la vida, sólo eso.


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